Casas Abandonadas en Galicia

Y allí estaba en el camino y nos decía “ven” pero las silvas se habían encargado de borrar la entrada, esa que tantas veces habías utilizado para regresar al hogar .

Hay lugares que se esconden a los ojos de los que pasan con prisas, lugares en los que dejamos atrás los recuerdos no por las prisas sino porque ya no estamos y no nos los podemos llevar.

En ellos entras una sola vez y no vuelves porque has abierto la caja de los sueños de otros y ellos te acompañan para siempre. Los ves de lejos, fuera del camino pero la necesidad imperiosa de descubrir historias te llevan a hacer tu camino de entrada.

Son templos sagrados en los que pasas sin hacer ruido, intentando no tocar nada para que no se note tu presencia, comprendiendo que no has sido invitado personalmente y por un momento te haces casi invisible, etéreo intentando no alterar ni el aire de la despedida.

Te sientes niño abriendo una caja sorpresa porque todo aquí te sorprende y vas anotando en tu mente esos retazos de vida que ya han gastado hasta el máximo el espacio imaginar.

Detalles que tú contemplas desde la distancia tan temporal y que todos compartimos en la vida, diferente envoltorio pero a fin de cuentas el mismo regalo, los momentos compartidos.

Son las aldeas abandonadas en las que el tiempo lo engulle todo a su paso, hogares de antaño en los que se guardan las historias de otros tiempos, siendo ésta la marca del hogar.

Un pequeño hórreo aguantando su triste ahora existencia sin nada que guardar, vacío opta por ir desprendiéndose de cada una de sus partes. Un pozo y el lavadero donde tantas veces hacías de lavadora notando ese agua fría en invierno y refrescando tus día en verano.

Nada más llegar nos encontramos con las escaleras, que lucen con aires a pasado y todo se desmorona. Colgando tu ropa de invierno con la que echabas al frío del cuerpo y la bata esa con la que te levantabas y te daba ese aire arreglado que tanto te gustaba. Y de nuevo, ese silencio del aislado que retumba en cada una de las paredes.

Siempre me pregunto en este tipo de aldeas, “sentíais tan dulcemente como yo el bosque” y me reconforto pensando que lo teníais todo a pesar de no tener absolutamente nada.

Y aquí todo sigue en pie por la robustez de los muros y la cocina aparece, pequeña pero funcional con pegatinas que nos hacen intuir la presencia de niños jugueteando.

Pegadas sus  favoritas adornando el mueble de cocina y dotándolo de su personalidad.

Un Dios bendiga esta casa guardado ya en el armario, antes probablemente luciendo una entrada llena de vida. Ya no está nadie para colocarlo nuevamente colgado en la pared.

Una imagen a la que probablemente le pedirías o darías las gracias, una virgen llena del paso del tiempo, hoy siendo morada de arañas, contemplando la entrada por la que ya no pasa nadie.

Un lápiz casi terminado por tus cuentas, sus dibujos, tus anotaciones con una escritura del que aprendió solo en la vida y en la que las faltas lejos de afear embellecen tus apuntes.

Un pupitre y ese libro que te hacia viajar tan lejos o tan cerca…

Tiradas ya en el suelo, las llaves que ya no cierran nada, dando paso a una nueva inquilina que ya no está para cerrar puertas y lo embellece todo a su paso.

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