Monumentos en el olvido: La expedición Balmis en A Coruña

Galicia está plagada de historia. Cada lugar, por pequeño y apartado que esté, tiene un pasado excepcional por descubrir. El problema es que muchos de estos lugares se encuentran abandonados y son desconocidos por el gran público. Provincias como Ourense o Lugo, esconden en su interior restos arqueológicos de gran valor que pasan desapercibidos para la mayoría. Mámoas, restos de antiguos castillos o fortalezas, petroglifos, molinos abandonados o castros son solo algunos ejemplos del enorme patrimonio que lamentablemente se encuentra en un segundo plano, caminando hacia el olvido de manera inexorable.

Pero no solo aquellos lugares que no han sido sometidos a un estudio o rehabilitación caen en el olvido, sino que también podemos encontrar ejemplos a la inversa. Es decir, lugares, yacimientos arqueológicos o monumentos importantes que, a pesar de contar con los cuidados patrimoniales pertinentes, son poco o nada conocidos por la sociedad. Uno de estos monumentos, en realidad dos de ellos, podemos encontrarlos en la ciudad de A Coruña. 

Pocos son los monumentos que pueden hacerle sombra a la Torre de Hércules, el único faro romano del mundo que sigue en funcionamiento. Ya se sabe, no hay que ser bueno sino el mejor. Esta filosofía, que impera en nuestro día a día, también se aplica a los vestigios de épocas pasadas. ¿Quién se acuerda de los ayudantes (y posiblemente autores de gran parte de su obra) de Tiziano? ¿Y de Hilma af Klint, la mujer que experimentó con la abstracción mucho antes que Kandinsky o Mondrian? Es más, seamos más contemporáneos, ¿quién se acuerda de “los otros Moneymaker” conociendo la historia del hombre que cambió la historia del póker? ¿Quién recuerda a Senda Berenson? Pocos, pues el nombre que pasó a la historia como pionero y creador del baloncesto fue el de James Naismith. Algo similar le ocurre a la gran mayoría de los monumentos y conjuntos arqueológicos que se encuentran en la ciudad de A Coruña, y es que ninguno puede competir con la imponente Torre de Hércules. De hecho, a los pies de la torre, en Punta Herminia, se encuentran algunos petroglifos de la Edad Media de los que pocos conocen su existencia.

A pesar de ello, que no puedan competir en majestuosidad no quiere decir que sean menos importantes. Este es el caso de dos monumentos que conmemoran una de las historias más interesantes de nuestra historia reciente, la de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. El cirujano alicantino Francisco Xavier De Balmis fue el encargado de situar a A Coruña, y por ende a toda Galicia, en la historia de la medicina moderna.


Foto: Wikimedia // Nemigo // Dominio Público  (CC0 1.0)

Fue a finales del siglo XVIII, cuando un terrible brote de viruela alcanzó la categoría de epidemia y asoló a la población del viejo continente. Las muertes se contaban por cientos de miles y la alerta social era elevada; pobres y ricos caían por igual, lo que provocó que desde las esferas sanitarias se trabajase con ahínco en la búsqueda de una cura. Finalmente sería el británico Edward Jenner quien encontró un remedio para la devastadora enfermedad: los seres humanos podían hacer frente a la viruela si eran contagiados, paradójicamente, por el virus de la viruela bovina. Así, inoculando el virus en personas se podía conseguir la cura de una enfermedad que avanzaba a pasos agigantados.

¿Cómo se entrelazan en esta historia el doctor Jenner con el doctor Balmis? Pues a través de Carlos IV, quien vio la necesidad de, una vez descubierta la cura, enviarla a las colonias españolas en América, a donde los colonos habían llevado la enfermad en 1518. Balmis fue el elegido por el monarca para dirigir esta expedición sanitaria que se convirtió en la primera de la historia a nivel internacional. El rey, cuya hija también había padecido la enfermedad, financió con fondos públicos la empresa.

El único problema al que debía hacer frente Balmis era cómo trasladar la vacuna hasta América. Los ingleses ya lo habían intentado empleando vacas como “recipiente”, pero la duración y las duras condiciones de la travesía impidieron que el plan tuviera éxito. El cirujano alicantino llegó a la conclusión de que la vacuna debía trasladarse a través de humanos, y más concretamente de niños pues  en ellos la enfermedad tenía una respuesta más rápida. Así fue como Balmis llegó a A Coruña para reclutar a un total de 22 pequeños en el orfanato Casa de Expósitos de la ciudad. A todos ellos se les prometió que volverían a Galicia una vez cumplida su misión. Para cerciorarse de que esta promesa se cumplía y de que todos viajaban de manera segura y bien atendidos, la enfermera Isabel Zendal se unió a la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que partió del puerto de A Coruña el 30 de noviembre de 1803


Foto: Wikimedia // CC BY SA 3.0 

En su viaje inicial a Puerto Rico, dos de los huérfanos perdieron la vida a manos de la enfermedad. Un tercero lo haría antes de arribar a tierras mexicanas. Los 19 restantes jamás volverían a ver Galicia, sino que fueron acogidos por algunas familias del lugar o llevados de nuevo a un orfanato.

La expedición duraría tres años y la vacuna, difundida por gran parte del continente americano y asiático, salvaría la vida de miles de personas. Sin embargo, son muy pocos los que recuerdan que esto solo fue posible gracias a los 22 niños coruñeses que embarcaron rumbo a lo desconocido.

Los habitantes de la ciudad no los olvidaron y erigieron en su memoria dos monumentos tan desconocidos por la población gallega como la propia expedición de la viruela. En 2003, y con motivo de la celebración del bicentenario de la expedición, se instalaron 22 placas en la balconada de la Casa del Hombre de la ciudad, mirando hacia el océano que aquellos pequeños héroes atravesaron sin saber el motivo. Cada una de las placas lleva el nombre y la edad de los huérfanos que embarcaron, salvo una que recuerda al primer pequeño en fallecer y del que se desconoce su identidad.

También en 2003 se instaló en la isleta ajardinada de O Parrote una escultura diseñada por el ourensano Acisclo Manzano que representa a la enfermera Isabel Zendal protegiendo a dos pequeños de las olas y el viento. Sin embargo, en 2008 el monumento fue trasladado a una zona próxima al mar y menos transitada para dejar su lugar a una imagen de la Virgen del Carmen, algo que sin duda ha ayudado a que el monumento haya caído en el olvido.

En los últimos años, desde el cine y la literatura se ha intentado dar visibilidad a la historia de estos pequeños que fueron los artífices sin saberlo de uno de los mayores hitos de la medicina. Ejemplo de ello es la película “22 ángeles” que contó con María Castro en el papel de la enfermera Isabel, o el libro “Los niños de la viruela” publicado en 2017 por la periodista y escritora María Solar. 

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